Posteado por: PedagogosOnLine | 24/06/2014

Relato de una persona con Trastorno Obsesivo Compulsivo

A los siete u ocho años, empecé a tener manías y obsesiones. Levantarme al baño varias veces en la noche o lavarme las manos constantemente pasaron a ser acciones cotidianas de mi día a día. No me las planteaba, simplemente las realizaba, como una autómata. Mi cabeza ordenaba y yo obedecía. ¿Estaba loca? En muchos momentos llegué a pensar que sí. ¿Cómo si no podía explicar las cosas que hacía? Nadie sabía de mi problema y yo no pensaba contarlo. Vivía sumida en el silencio pensando que nadie me entendía; por desgracia, yo la primera.

Pero aunque intentaba ocultarlo, inevitablemente me veía abocada a realizar acciones de este tipo delante de otras personas; incluidas mis compañeras del colegio. Como cuando nos llevaron de excursión a un albergue de montaña. Nada más llegar, me puse a temblar; porque la habitación estaba llena de mis peores enemigas: las literas. Mientras hacían un pequeño sorteo para asignar las camas, yo rezaba y rezaba para que me tocase la de abajo, aún ya sabiendo que me iba a tocar la de arriba. «¿Mala suerte? No, yo no creo en eso –me decía a mí misma–. Este infortunio es perfecto para demostrar mi valentía». Ensayaba las palabras exactas en mi cabeza: «¿Por favor te importaría cambiarme la litera?.» Incluso me coloqué al lado de la niña para que la presión me hiciese hablar. «¿Quieres algo?», me dijo ella. Pero no me salían las palabras. «¡Por Dios, di algo!», me repetía. Pero sólo hubo silencio. Una vez más, la adversidad pudo conmigo. Angustiada, tumbada en la litera de arriba, sabía que si quería dormir, debía empezar a hacer mi ritual: Bajar de la litera, ir a baño y volver a subir a la litera. Tres veces, y esperar… Si mi cabeza me decía que me levantase otra vez… pues seis veces, y si no nueve… Siempre múltiplos de tres. Perdí la cuenta ya del cansancio. Tuve incluso que volver a empezar… «¡Dios mío! ¿Cuándo acabará esto?» Al día siguiente, nadie me dijo nada. Si alguien me había visto, le debió de parecer tan extraño, que prefirió no hacer preguntas. Y yo se lo agradecí, porque no hubiera sabido qué contestarle. Además, sólo había pasado un día, me quedaba una semana entera de repetir lo mismo. Tenía mucho trabajo por delante. ¡Una locura!

Compartía con mi hermano las rarezas, pero nunca lo hablábamos. Antes de irse a la cama, si ya se había lavado las manos, no podía cerrar los armarios. «¿Puedes cerrar las puertas de los armarios?», me preguntaba cada noche. ¿Otra vez? Si ya sabía perfectamente que yo tampoco podía. Pero esperábamos que de repente un día, uno de los dos dijera que sí, pero mientras ese día no llegaba, llamábamos a mi madre para que lo hiciese ella. Y ya de paso que también apagase las luces, porque el interruptor era otra cosa que tampoco podíamos tocar. La verdad es que teníamos una larga lista de objetos prohibidos… Cuando mi madre se iba, empezaban las oraciones. Después de un Padrenuestro, y tres Avemarías, le decía esta frase a mi hermano: «Duerme bien y sueña con los angelitos». Mi hermano tenía que responder: «Tú también, duerme bien y sueña con los angelitos». A veces bromeaba y decía otra cosa. Yo me enfadaba muchísimo. Le suplicaba que me contestase bien, que dijera la frase como tenía que ser. Al final siempre conseguía que lo hiciera. Normal. Él sabía que con esto no se jugaba.

«¡Toma mi regalo! –me decía mi otro hermano, dándome un póster de mi cantante favorito–. ¿Lo ponemos en la pared de tu habitación?» Pero yo no podía hacer eso. Porque sabía que después de hacerlo, me iba a invadir ese sentimiento irracional de ligar ese objeto con algún suceso malo que me sucediese a partir de ese momento en el que lo había incluido en mi vida; y, desgraciadamente, cuando eso sucedía, me tenía que deshacer de ese objeto, de la manera que fuese. Algo tan sencillo para otras personas como colocar un póster en su habitación, era todo un reto para mí. Una auténtica odisea.

Pero así es el TOC… No entiende de razones.

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